Usted, señor hijito de puta, debería tenerme todo el miedo del mundo. Ojalá que usted me tenga el mismo miedo que tendría en una esquina encontrándose con una pitbull furiosa y terriblemente lista para destrozarle los tobillos. Téngame miedo como lo tendría parado atrás de una yegua desbocada que podría quebrarle las costillas y los pulmones de una patada. Que usted me tenga miedo como a un fantasma, un demonio, como una loca con máscara de hockey con ganas de desrotularle una rodilla. ¿Estamos claros?